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31 ene. 2016

Refugiado sirio, cirujano plástico

CRÓNICA
Entre los grupos de refugiados que llegan al campo de tránsito rápido de Presevo, en la frontera entre Macedonia y Serbia, se ven bastantes diferencias. Sin embargo, la diferencia crucial es, paradójicamente, lo que les une a todos ellos.

Puesto de ropa en el campo de tránsito de Presevo (Serbia). / IRENE LÓPEZ ALONSO

Entre los grupos de refugiados que llegan al campo de tránsito rápido de Presevo, en la frontera entre Macedonia y Serbia, se ven bastantes diferencias: algunos llegan bien vestidos, preparados para el frío (los 6 grados bajo cero del invierno balcánico), con maletas o mochilas, con smartphones. Otros, en cambio, llegan con las suelas de las botas desprendidas, los zapatos encharcados, la ropa empapada y sus pocas pertenencias en un hatillo echado a la espalda. Piden calcetines secos. “Only for children”, les contestan con impotencia los voluntarios de las ONG Mensajeros de la Paz y REMAR, enseñándoles los calcetines infantiles que tienen en el puesto de ropa que atienden en el campo, junto al de té y sopa. Entonces los hombres piden una bolsa de basura, se quitan los calcetines mojados, se envuelven los pies entumecidos con un cacho de plástico y vuelven a ponerse su calzado embarrado. Alguno sigue camino incluso descalzo.

Ahmed es uno de ellos, un sirio alto de ojos rasgados de ese color verde grisáceo que a muchos nos recuerda a la mujer de la portada de la National Geographic. Lleva alrededor del cuerpo la manta gris que la organización musulmana Islamic Relief les regala al salir de Turquía, en una bolsa impermeable, quizá porque saben que van a mojarse. Que para llegar a Grecia tendrán que cruzar el mar y que una vez alcancen tierra firme les esperan las lluvias y la nieve del Este de Europa. Saben que el agua les acompañará en la travesía.

Ahmed se acerca al puesto de ropa y le enseña a Elena, voluntaria de Mensajeros de la Paz, los pantalones de pana marrón que lleva puestos, que chorrean agua y barro. Salvo por eso, es de los que van bastante abrigados, con gorro y chaquetón negro, y con una pequeña cartera de plástico colgada al cuello. Otra funda impermeable, esta vez para los tan preciados papeles: el pasaporte y los distintos visados que ha ido acumulando hasta llegar a Serbia, guardados junto a algún billete. Sus más valiosas pertenencias caben en una fundita plastificada.


Elena no tiene pantalones que le valgan a Ahmed. Le enseña unos vaqueros que a simple vista parecen tres tallas más grandes y le dice con gestos que es lo único que puede ofrecerle. Ahmed sonríe, comprende, acepta. Coge los vaqueros y sigue el camino de los refugiados, hacia la cola donde tendrá que esperar a que la policía serbia le tome las huellas y le expida el visado de tránsito con el que saldrá rumbo a Croacia, pagando 35 euros a una compañía de autobús privada.

Al verle en esas condiciones, pidiendo ropa seca en el puesto de las ONG y conformándose con un pantalón tres tallas más grande, es inevitable preguntarse qué sería Ahmed antes de ser un refugiado. Como en aquel relato de Haruki Murakami en el que un cirujano plástico japonés queda conmovido al leer la historia de otro cirujano plástico judío que acabó en un campo de concentración nazi: “Si me despojaran de mi carrera y de mis habilidades de cirujano plástico, si perdiera el confortable estilo de vida que llevo y sin mayor explicación me arrojasen al mundo desnudo, ¿qué demonios sería?”, se pregunta el personaje.

Y es que Ahmed podría ser perfectamente un cirujano plástico sirio, o un médico de clase media-alta. Un profesional liberal con ahorros suficientes como para sacar a toda la familia del país (primero los hermanos mayores, de avanzadilla; luego los ancianos, mujeres y niños; el último él). Podría ser un intelectual, un gran conversador, un aficionado del ajedrez o un apasionado del cine. Ahmed podría ser cualquiera de estas cosas, o podría ser (¿por qué no?) un reputado cirujano plástico. “Si un día, de pronto, me sacasen a rastras de mi vida presente, me arrebatasen todos los privilegios y me quedara reducido a un simple número, ¿qué demonios sería?”, se seguía preguntando el personaje del relato de Murakami.

Ésa es la sensación de quien ve, como espectador, el constante desfile de hombres, mujeres, ancianos, ancianas, niñas y niños que pasan por el campo de refugiados de Presevo. Casi no hay ocasión de hablar tranquilamente con ninguno, todos tienen prisa por obtener la visa, montarse en el autobús y salvar otra frontera. Pero a muchos se les intuye que antes de ser refugiados de guerra eran tal vez personas acomodadas. Profesores de universidad, músicos, empresarios. Hasta que, de pronto, tuvieron que salir corriendo de sus hogares y se encontraron todos juntos haciendo las mismas colas, esperando los mismos tickets que les da Cruz Roja para poder hacerse un reconocimiento médico en el hospital de campaña.

De pronto se ven necesitando un vaso de caldo caliente o conformándose con un pantalón tres tallas más grande. De pronto son un refugiado de guerra. Ya no son el campeón asiático de Triatlón ni el cirujano plástico más reputado de Siria. Son refugiados, personas expulsadas de los circuitos de la vida normal, obligados a andar los caminos de un mundo paralelo y sin pavimentar, que no irán a comprar unas zapatillas al lujoso centro comercial que se encuentra a penas a dos kilómetros del campo de Presevo, sino que tendrán que preguntar si hay algunas de su número en la tienda del ACNUR. Tampoco irán a la farmacia que está al lado de la mezquita de este pueblo destartalado de población mayoritariamente albanesa, sino que pedirán una aspirina en la carpa de Médicos Sin Fronteras y seguirán viaje incansablemente, sin a penas cruzarse con la gente que sigue habitando el mundo normal y tranquilo en el que ellos también vivieron un día.

Con la guerra en los talones

En el campo de refugiados de Presevo todos los días parecen iguales. Llegan los autobuses y se forma la cola para el registro policial, que desde los atentados de París dura demasiado: “Cachean hasta a los bebés”, explica Alberto, voluntario que atiende la cocina de REMAR, a la que algunos refugiados llegan con tanta hambre que se comen las mandarinas sin pelar. Con la cáscara incluida.

Pareciera que quienes desfilan por esa cocina o por el puesto de ropa y pañales fueran siempre la misma gente: “Hoy han pasado 1.500, ayer fueron 3.000”, dice la trabajadora del Acnur que convierte el éxodo en cifras. Porque todos los días parecen iguales, también para los propios refugiados: dos jóvenes afganos preguntaron al llegar al campo en qué país estaban.

Un kurdo con la nariz rota cuenta que salió de Turquía en una barca. “Turquía nos odia”, dice, concediendo una respuesta a una pregunta no formulada. Ahora sí, le pregunto cómo se rompió la nariz. Me dice que fue al caer al mar, cuando cruzaba en una barcaza hacia Grecia. Al fondo del comedor, donde algunos hacen una pausa para beber algo caliente, hay dos mujeres con el rostro quemado. Explican que fue una explosión. Que muchos refugiados sirios se deciden a salir del país cuando ya no les queda más remedio. Cuando la guerra les estalla literalmente en la cara. Cuando la tienen detrás, rozándoles los talones.

Entre los grupos de refugiados que llegan al campo de tránsito rápido de Presevo, en la frontera entre Macedonia y Serbia, se ven bastantes diferencias. Sin embargo, la diferencia crucial es, paradójicamente, lo que les une a todos ellos: lo que tienen en común las personas acaudaladas que de vez en cuando pueden permitirse coger un taxi en vez de andar los caminos embarrados, los grupos de hombres que viajan en tren, las familias que caminan sobre las placas de hielo al paso de sus ancianos, o los jóvenes que vienen empujando a sus hermanos en una silla de ruedas; es que todos ellos han podido salir de un país en guerra.

Y es que en Presevo puede comprobarse aquello que los corresponsales de guerra saben muy bien: que la mayor desigualdad entre las personas no es la riqueza, la clase social ni el nivel cultural, sino la diferencia que distingue a los que tienen la suerte de poder huir de una situación de máximo riesgo, de los que saben que tienen que quedarse.

Porque las familias más pobres son desde luego las que ni siquiera pueden plantearse huir. Las que se quedan en Siria bajo los bombardeos. Los verdaderos parias. Los que ni siquiera llegarán a ser refugiados.

Por Irene López Alonso,  Presevo
30/01/16
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