Follow by Email

22 jun. 2013

¡Brasil, despierta, un profesor vale más que Neymar!

La primera víctima ha sido un joven que murió atropellado la noche del jueves en Ribeirao Preto. En esa población tuvo lugar una de las manifestaciones en demanda de mejores servicios públicos que han movilizado a más de un millón de brasileños en al menos 80 ciudades del país. La segunda, una mujer barrendera que inhaló gas lacrimógeno lanzado por la Policía en la ciudad de Belén. Ha muerto de un paro cardíaco. Era Cleonice Vieira de Moraes, de 54 años, empleada de la compañía de limpieza pública de Belén.

Los choques en la noche del jueves dejaron al menos 62 heridos en Río de Janeiro y 50 en Brasilia, pese al carácter pacífico de la mayoría de las manifestaciones. Las protestas comenzaron la semana pasada en Sao Paulo, contra la subida de precio del transporte público. Luego se añadieron otras reivindicaciones: mayores inversiones en salud y educación pública, y críticas a los elevados gastos del Gobierno para organizar eventos como el Mundial de fútbol de 2014.
Algunos aficionados a las puertas del templo futbolístico de Brasil, han subrayado que Maracaná es la estampa perfecta de lo que condena el pueblo [1]. “El coste de la renovación se disparó respecto al presupuesto inicial y al final ha supuesto más de 300 millones de euros”.

“No estamos contra el fútbol, sino contra la corrupción”, se leía el pasado miércoles, 19 de junio, en varias pancartas desplegadas en el estadio de Fortaleza, en el encuentro entre Brasil y México. Unas 15.000 personas habían intentado bloquear los accesos.
Los futbolistas, esta vez sí, han sentido la necesidad de intervenir. La inmensa mayoría se ha posicionado a favor de los manifestantes.

Horas antes del partido Brasil-México, corrió por la rede la idea de que los aficionados brasileños dieran la espalda al himno al inicio de los protocolos del encuentro.
Juninho Pernambucano, ex internacional con la Canarinha, apoyó la idea desde Estados Unidos.
Alves, el defensa del Barça, se solidarizó por Instagram. “Por un Brasil sin violencia, mejor, en paz, educado, con salud, honesto y feliz”.

Hulk, interior derecha titular, escribió en la red: “La gente de Brasil necesita mejoras”.
El defensa David Luiz también dijo la suya: “Me parece bien que la gente proteste por sus derechos”.
Neymar, el nuevo jugador del Barça, el icono actual del fútbol brasileño, reconoció estar “triste” por lo que sucede estos días en su país. “Siempre tuve fe en que no sería necesario que llegáramos al punto de tirarnos a la calle para exigir mejores condiciones de transporte, sanidad, educación y seguridad, sobre todo porque es una obligación del Gobierno. Mis padres trabajaron mucho para poder ofrecerme a mí y a mi hermano un mínimo de calidad de vida… Hoy, gracias al éxito que ustedes [aficionados] me proporcionan, podría parecer demagógico por mi parte .pero no lo es- levantar la bandera de las manifestaciones que recorren todo Brasil; pero soy brasileño y amo a mí país (…) Quiero un Brasil más justo, más seguro, más saludable y más honesto. En el partido contra México entro en el campo inspirado por esas movilizaciones, estamos juntos”. Durante el choque con México, Neymar gesticuló una y otra vez hacia la grada.
Uno de los gritos en los aledaños del partido fue: “Brasil, despierta, un profesor vale más que Neymar”.

No faltaron varios ex jugadores. Al frente, no podía faltar Pelé.
Pero el gran Pelé metió la pata (siempre ha estado más o menos cercano al poder). Colgó un vídeo en la Red: “Pido a los brasileños que no confundan las cosas. Estamos preparando la Copa del Mundo, vamos a apoyar a la selección, vamos a olvidar la confusión que reina y vamos a olvidar las protestas”.

Romario, el inolvidable Romario, el actual diputado federal por Río, le pidió callar –“Pelé en silencio es un poeta”- y criticó con dureza la “escandalosa” inversión estatal para el Mundial (sin contar la que tendrá que abordar Brasil para Río 2016).
En las redes las cargas contra Pelé acumularon detractores. El embajador del Mundial 2014 intentó rectificar: “Siempre he luchado contra la corrupción, tras mi gol mil hablé sobre la importancia de la educación, no me entiendan mal, solo pido no descargar nuestras frustraciones en la selección”.

Para Rivaldo, uno de los grandes jugadores de todos los tiempos [2], “es una vergüenza que el Mundial se vaya a celebrar en Brasil con las desigualdades existentes, con gente pasando hambre”. Y añadió: “Yo fui pobre y sentí el no tener un buen servicio sanitario. Mi padre fue atropellado y murió por no haber sido atendido en un hospital público de Recife.”
¿Y la Rja? ¿Dónde está la Roja? ¿Villa no dice nada? ¿Y Xavi? ¿Iniesta tampoco? ¿Piqué no sabe de qué va la cosa? ¿Sergio Ramos también está callado? ¿Iker? ¿Y Del Bosque, una persona razonable y sensata, no tiene nada que decir? ¿No van con ellos, no va con todos?
PS: Boaventura de Sousa Santos da alguna claves de la situación en un reciente artículo: “El precio del progreso” [3]:
Este Brasil está hecho de tres narrativas y temporalidades, señala. La primera es la narrativa de la exclusión social (Brasil uno de los países más desiguales del mundo), “de las oligarquías latifundistas, del caciquismo violento, de las élites políticas restrictas y racistas, una narrativa que se remonta a la colonia y se ha reproducido sobre formas siempre mutantes hasta hoy”. La segunda narrativa es la de la reivindicación de la democracia participativa: “se remonta a los últimos 25 años y tuvo sus puntos más altos en el proceso constituyente que condujo a la Constitución de 1988, en los presupuestos participativos sobre políticas urbanas en centenares de municipios, en el impeachment del presidente Collor de Mello en 1992, en la creación de consejos de ciudadanos en las principales áreas de políticas públicas, especialmente en salud y educación, a diferentes niveles de la acción estatal (municipal, regional y federal)”. La tercera tiene apenas diez años de edad: “versa sobre las vastas políticas de inclusión social adoptadas por el presidente Lula da Silva a partir de 2003, que condujeron a una significativa reducción de la pobreza, a la creación de una clase media con elevada vocación consumista, al reconocimiento de la discriminación racial contra la población afrodescendiente e indígena y a las políticas de acción afirmativa, y a la ampliación del reconocimiento de territorios y quilombolas [descendientes de esclavos] e indígenas”.

Lo que ha sucedido desde que la presidenta Dilma asumió el cargo ha sido “la desaceleración o incluso el estancamiento de las dos últimas narrativas”. Y como en política, sostine BdSS, no existe el vacío, “ese terreno baldío que dejaron fue aprovechado por la primera y más antigua narrativa, fortalecida bajo los nuevos ropajes del desarrollo capitalista y las nuevas (y viejas) formas de corrupción”.

Las formas de democracia participativa han sido “neutralizadas en el dominio de las grandes infraestructuras y megaproyectos, y dejaron de motivar a las generaciones más jóvenes, huérfanas de vida familiar y comunitaria integradora, deslumbradas por el nuevo consumismo u obcecadas por el deseo de éste”. Las políticas de inclusión social se han agotado “y dejaron de responder a las expectativas de quien se sentía merecedor de más y mejor”. Además, la calidad de vida urbana empeoró en nombre de los eventos de prestigio internacional “que absorbieron las inversiones que debían mejorar los transportes, la educación y los servicios públicos en general”.
El racismo mostró su persistencia en el tejido social, en las fuerzas policiales. “Aumentó el asesinato de líderes indígenas y campesinos, demonizados por el poder político como “obstáculos al crecimiento” simplemente por luchar por sus tierras y formas de vida, contra el agronegocio y los megaproyectos mineros e hidroeléctricos (como la presa de Belo Monte, destinada a abastecer de energía barata a la industria extractiva)”.

La presidenta Dilma fue el termómetro de este cambio insidioso, sostiene el autor portugués. “Asumió una actitud de indisimulable hostilidad hacia los movimientos sociales y los pueblos indígenas, un cambio drástico respecto a su antecesor. Luchó contra la corrupción, pero dejó para los aliados políticos más conservadores las agendas que consideró menos importantes. Así, la Comisión de Derechos Humanos, históricamente comprometida con los derechos de las minorías, fue entregada a un pastor evangélico homófobo, que promovió una propuesta legislativa conocida como cura gay”.

Es necesario que “las dos narrativas (democracia participativa e inclusión social intercultural) retomen el dinamismo que ya habían tenido”. Si fuese así, apunta finalmente BdSS, “Brasil mostrará al mundo que sólo merece la pena pagar el precio del progreso profundizando en la democracia, redistribuyendo la riqueza generada y reconociendo la diferencia cultural y política de aquellos que consideran que el progreso sin dignidad es retroceso”. Ni más ni menos.

Lo dicho: un profesor vale más que Neymar.

Notas:
[2] Un jugador como pocos, capaz de ponerse tras de sí todo un equipo con una elegancia excepcional. Lo hizo varias veces en su etapa barcelonesa.

Salvador López Arnal
Rebelión
22-06-2013

17 jun. 2013

Feliz país hipotecado

Celebración
Rajoy en el partido inaugural de la Eurocopa, un día después de pedir el rescate bancario. EFE

Que al cumplirse el primer aniversario del rescate bancario, el FROB lance una campaña de cuñas radiofónicas y páginas de periódico anunciando que ha llegado “el momento de que entre todos volvamos a hacer realidad nuestros proyectos”, parece una forma fina de pitorreo. Como además el FROB es la institución receptora del dinero del rescate, solo faltaría que la campaña se hubiese pagado con ese mismo dinero, para reírnos más.

La campaña juega con la metáfora del grifo que al abrirse hace fluir el crédito, lo que al pitorreo suma algo de sadismo: enseñar el agua a quienes se mueren de sed por la sequía de crédito, que el rescate no ha aliviado un año después.

El único crédito que ha fluido, y no con goteo de grifo sino más bien con descarga de embalse con las compuertas abiertas, es el que se han llevado los bancos. Así lo llamó Luis de Guindos en aquel sábado para la infamia: no era un rescate, sino un crédito, “ un préstamo en condiciones muy favorables”. Y al día siguiente, un ratito antes de irse al fútbol, un risueño Rajoy dijo que solo era “una línea de crédito”.

Para ser más exactos, yo no lo llamaría crédito ni préstamo: mejor digamos hipoteca. Lo que España hizo el 9 de junio del año pasado fue pedir una hipoteca, pero una hipoteca a la española, como las que los bancos concedían a las familias españolas: con cláusulas abusivas, con letra pequeña, que nos encadena por muchos años, y que nos costará un desahucio total como país en caso de no atender nuestras obligaciones.

La hipoteca no la necesitábamos nosotros, sino nuestro pariente rico: la banca, que necesita mucho más que un grifo, porque su sed es inagotable: desde el comienzo de la crisis, sumando el rescate europeo, los recursos destinados a reestructurar el sector, las inyecciones de capital a los nacionalizados, y el desembolso en el “banco malo”, resulta que la banca se ha bebido ya 120.000 millones de euros, un 12% del PIB español; a los que sumar los más de 300.000 millones que la banca española ha tomado del BCE a interés reducido (copio los datos de un libro muy recomendable para entender dónde estamos: Lo llamaban democracia, del Colectivo Novecento).

Pero todavía no es suficiente, porque los bancos no han terminado de limpiar sus bodegas, y porque la recesión sigue pudriendo sus activos, de modo que en cualquier momento habrá que ampliar la “línea de crédito”, tomar más dinero del rescate. Es decir, ampliar la hipoteca. Y si así tampoco es suficiente, acabaremos vendiendo los muebles y el ajuar de la abuela.

Un año después del rescate que no era rescate, nada ha mejorado: el grifo sigue cerrado, las dudas sobre la banca se mantienen, tenemos más deuda, más recesión y más paro, la prima solo se ha relajado un poco, el banco malo se va ganando el nombre de banco peor, los hombres de negro que nunca iban a venir nos visitan cada tres meses, y las condiciones del rescate que no era rescate y que no iba a tener condiciones nos han traído más recortes sociales y una próxima rebaja de pensiones.

Feliz aniversario, feliz hipoteca.

Isaac Rosa
10/06/2013

10 jun. 2013

El trabajo asalariado

Vivimos tiempos de paradojas: nunca ha habido tanta riqueza y dinero circulando, pero “hay que apretarse el cinturón” para salir de la crisis. Hay más de seis millones de personas sin empleo, el paro es percibido como el mayor problema del país y pareciera que, por ahora, la respuesta de los sindicatos de concertación pasa sobre todo por la renovación del pacto social. Y la de los alternativos por la movilización y llamados a la huelga general... ¿No queda otra, “con la que está cayendo”, que pedir empleo a los empresarios? Abrimos el debate.

El trabajo no es un problema, y es, además, necesario, porque la transformación de la naturaleza por la actividad humana es imprescindible para la supervivencia de la especie y de los individuos. A este respecto, lo único que ha cambiado es que la enorme productividad desatada por el capitalismo ha llegado a entrar en contradicción con los límites ecológicos y ha configurado un gigantesco mercado de bienes de consumo innecesarios. Quizá ya no hace falta tanto trabajo para reproducir la vida humana. Quizá hay un exceso de actividades antisociales alimentadas por el proceso de acumulación sin fin en que el capitalismo consiste. Pero esa no es la cuestión principal.

El problema esencial –el que genera el mismo proceso de acumulación– de nuestro tiempo no es el trabajo, sino el trabajo asalariado. La relación asimétrica que impone que una persona, sin acceso a los medios de producción, deba vender su fuerza de trabajo a otra, propietaria de los mismos, a cambio de una retribución que ha de permitir –trabajo doméstico no pagado mediante– reproducir esa misma fuerza, para que la rueda pueda seguir girando al día siguiente. La diferencia entre el valor de lo que permite reproducir la fuerza de trabajo y el valor de lo producido se llama plusvalía. Y es un producto específicamente humano que se apropia en exclusividad una de las partes de la relación.

Asalariado

Sustentada esa dinámica esencial –el trabajo asalariado–, el problema se configura como una cuestión relativa a una relación de fuerzas en un momento concreto. Es el escenario de un conflicto: la lucha de clases. Las victorias parciales de una u otra parte le permiten aumentar o disminuir el grado de explotación, modificar los mecanismos por los que se expresa la misma confrontación, desestructurar al adversario. Eso es lo que ha pasado con el mundo laboral en las últimas décadas: la emergencia de un profundo proceso de desestructuración, segmentación y debilitamiento de la clase trabajadora por parte de un empresariado cada vez más triunfante y organizado.

Subcontratas, ETT, contratos tem­­porales, deslocalizaciones, facilitación del despido, flexibilidad absoluta en torno a las condiciones esenciales de trabajo… constituyen mecanismos, conscientemente desarrollados, para enfrentar a los trabajadores entre sí.

La llamada descentralización productiva –lo que otros llaman el postfordismo– no es más que una brutal mutación que transforma un mundo laboral de obreros, con contrato para toda la vida, con un cierto contrapoder sindical y con el salario suficiente para poder hacer frente a los gastos de una familia patriarcal –modelo fordista–, en un magma ultraflexible de posiciones diferenciadas, nadando desde los restos de lo anterior, cada vez más acosados –el llamado core business–, hasta las mil y una formas de la precariedad post­moderna: temporales, subcontratados, en misión, falsos autónomos, con jornada parcial, en formación, etc.

Estructura esencial

Lo que ha explosionado es la idea misma del derecho del trabajo como elemento de racionalización de la relación salarial, como normativa que legitimaba y, al tiempo, limitaba, la explotación inherente a la forma capitalista de trabajar. Ahora estamos ante una mixtura ultraflexible entre la dictadura del Capital en el centro de trabajo y mecanismos de domesticación de la fuerza laboral, como el desempleo de masas y la conformación de “zo­nas grises” entre el derecho social y otros ordenamientos legales –falsos autónomos, prácticas formativas, trabajo migrante, etc.–

¿Deberíamos trabajar tanto? Pro­bablemente no. ¿Deberíamos garantizar un ingreso básico a quienes no pueden acceder a un empleo? Sin duda, sí. Pero no olvidemos que ni la renta básica ni el reparto del empleo serán posibles sin operar seriamente sobre la relación salarial. Sin intentar, organizadamente, influir sobre ella y, si se puede, abolirla. Cómo hacerlo es una pregunta compleja que daría para otro artículo. Lo que está claro es que el de la relación salarial es un espacio decisivo para discutir la estructura esencial de la sociedad.

JOSÉ L. CARRETERO MIRAMAR. 
Profesor de Derecho del Trabajo e integrante del Instituto de Ciencias Económicas y de la Autogestión (ICEA)
06/06/13 
Fuente

9 jun. 2013

Cómo ser intercultural y no morir en el intento

España, año 2013 de la era occidental, o 1434 de la era musulmana o 4711 de la era china, elija usted la que quiera. La fecha no es determinante para analizar el contexto social en el que vivimos, son los hechos los que determinan en qué momento se encuentra nuestra sociedad y estos hechos por desgracia nos trasladan a una época en la que nos vemos envueltos en grandes retrocesos sociales, sobre todo en lo concerniente al reconocimiento de la alteridad como núcleo esencial de los Derechos Humanos.

Gestionar la Diversidad social en la que nos encontramos es en sí mismo un reto complicado y más si somos conscientes de que las personas que se encargaran de gestionarlo son individuos que forman parte de nuestra sociedad, por lo que debemos tener en cuenta que ambiente es el que les rodea para saber así como reaccionan.

Para un sencillo análisis del cómo se utiliza de manera irresponsable, o no, las corrientes de creación de opinión, podríamos empezar por los medios de comunicación. Existe una preocupación por la representación que los medios de comunicación europeos dan del mundo árabe y musulmán y el énfasis por trasladar esta imagen podríamos decir que empieza tras la primera guerra del Golfo, poco tiempo después de la caída del muro de Berlín. Es a partir de ese momento en el cual podríamos decir que el enemigo pasa de ser el “rojo” (contexto de la guerra fría y la lucha entre los dos bloques, el occidental y el de los países comunistas) a ser el “verde” (color que representa el Islam). Ya en su momento, Edward Said alerta en su análisis sobre la cobertura mediática del islam (Said, 1997) que “para la opinión pública en general de EE.UU y Europa, el Islam representa noticias desagradables. Los medios, los gobiernos, los estrategas geopolíticos y los académicos, todos ellos coinciden en señalar al Islam como una amenaza para la civilización occidental”.

Analizado este contexto, podríamos afirmar que tal y como explican Maxwell McCombs y Donald Shaw en su “teoría de la configuración de agenda”, los medios nos dicen sobre que pensar y por tanto, sobre que opinar. Esto aclararía que las responsabilidad sobre lo que está sucediendo es compartida y nos debería hacer reflexionar sobre qué modelo de sociedad queremos.

Pero tal y como decía Edward Said, existen muchos responsables en la representación de una imagen desagradable de Islam o lo Árabe. Si analizásemos el papel de los medios audiovisuales, veríamos que en muchas ocasiones de una manera sutil y en otras no tan sutil, las series de televisión o las películas en las cuales salen árabes o musulmanes, el papel que se les asigna e interpretan refuerzan estereotipos (viven en el desierto, visten chilabas, son los malvados de la película o de la serie, se mueven por odio o venganza, son de piel oscura y llena de cicatrices, etc) hasta las películas de dibujos animados como la de Aladdin, refuerzan esta imagen asignando un acento más marcado y diferente a la hora de hablar, acompañado de rasgos más marcados a los malos (nariz ganchuda, barba larga, ojeras muy marcadas).

Tampoco se quedan cortos algunos intelectuales y académicos. En este ámbito especializado encontramos de manera destacada al ideólogo de la Teoría del “Choque de Civilizaciones” (Samuel Huntington) el cual, en un momento dado de su teoría, habla del “peligro de los musulmanes y de su propensión hacia el conflicto y la violencia que los convierte en una amenaza” Con estos comentarios contribuye de forma intencionada a alimentar una imagen violenta y que sirve para generar odio, ligando unas características de identidad del individuo a la violencia y el conflicto.

Pero no solo Huntington contribuye al discurso del miedo y del prejuicio y estereotipo, también podemos encontrar declaraciones sorprendentes de la mano del premio Príncipe de Asturias, Giovanni Sartori, el cual afirmaba que “…el Islam representa el extremo más alejado de Europa…La integración de sus fieles es muy difícil. Esta situación mejorara con los inmigrantes de segunda generación…siempre que no sean educados en escuelas musulmanas”. En este discurso se puede apreciar un afán por la anulación total de los orígenes del individuo, haciendo que se asimile al entorno en el que vive, pretendiendo a su vez crear una imagen falsa del continente europeo ignorando las aportaciones musulmanas a la creación de Europa y sobre todo excluyendo a una parte de la ciudadanía europea musulmana propia del continente de países como Croacia, Bosnia o Bulgaria entre otros.

En resumen, revisando el papel de los medios, académicos y demás sujetos notables de repercusión, podríamos decir que nos encontramos ante lo que Hall denomino como el “poder simbólico” consistente en la capacidad de marcar, asignar y clasificar a otros reforzando los estereotipos y aumentando los prejuicios. Esto lleva tiempo ocurriendo con diversidad de colectivos y en cada ocasión existen cada vez mas entidades interesadas en la creación de conflictos resaltando las diferencias en lugar de los puntos de unión.

Todos estos ejemplos demuestran las trabas a las que cualquier persona se tendrá que enfrentar para iniciar un diálogo interno y posteriormente externo, de acercamiento y respeto al otro, al diferente. Si alguien hoy en día quiere convertirse en un individuo pleno y ciudadano global, deberá salir indemne de todo este caudal de información negativa y estereotipada, para así llegar al final a convertirse en un miembro de esta sociedad Intercultural y no morir en el intento.

Mohammed Azahaf
08/06/2013

2 jun. 2013

La cosa ciudadana


El concepto de "ciudadanía" no ha sido históricamente emancipador. En las democracias griega y romana la ciudadanía se otorgaba como un privilegio.

El ciudadanismo se concreta en un conjunto de movimientos de reforma ética del capitalismo, que aspiran a aliviar sus efectos mediante una agudización de los valores democráticos abstractos y un aumento en las competencias estatales que la hagan posible, entendiendo de algún modo que la explotación, la exclusión y el abuso no son factores estructurantes, sino meros accidentes o contingencias de un sistema de dominación al que se cree posible mejorar moralmente (Manuel Delgado, en la acampada del 15 M de Barcelona)

El término "ciudadano" es un término interclasista, un término que reproduce una de las grandes fantasías de la sociedad capitalista: la igualdad formal como camuflaje de una desigualdad esencial. Rajoy, Botín y el indigente de mi barrio sólo tienen una cosa en común, aparte de pertenecer a la especie denominada homo sapiens: los tres son "ciudadanos".

Los filósofos Carlos Fernández Liria y Luis Alegre Zahonero han expuesto en sus obras, con bastante razón a mi parecer, que nuestra revolución debe aspirar a crear una sociedad de ciudadanos dotados de independencia civil real, lo cual sólo puede lograrse colectivizando los medios de producción. Pero también han dejado meridianamente clara otra cosa: bajo el capitalismo, la ciudadanía es una farsa porque no se cumple ese requisito.

Por tanto, bajo una sociedad capitalista hay dos clases de ciudadanos: los empresarios (la clase dominante) y los que, por no tener medios de producción, nos vemos obligados a vender nuestra fuerza de trabajo para sobrevivir. Los primeros no deben tener sitio en nuestra asamblea porque, de hecho, si nuestra asamblea tiene algo de emancipador, su tarea esencial será luchar contra la dominación que dichos ciudadanos empresarios ejercen.

Es cuestión de clase

Y es que el análisis de clase de la sociedad no es un antojo purista. Es sencillamente la única forma de entender algo de lo que sucede a nuestro alrededor. El lenguaje nunca es neutral, sino que nos ayuda a configurar el reflejo de nuestra realidad circundante y, por lo tanto, a transformarla mediante consignas y tácticas adecuadas. Por eso no rechazamos la categoría de la "ciudadanía" por empecinamiento. Más bien observamos un empecinamiento de los ciudadanistas por meternos esta palabra hasta en la sopa.

Diferentes encuestas corroboran algo: el término "ciudadano" es, principalmente, un término propio de ambientes universitarios, refinados y cultos. La gente normal de los barrios suele emplear la categoría de "pueblo" y, también con relativa frecuencia, habla de "los trabajadores". Rara vez se refieren a sí mismos como "ciudadanos". ¿Y por qué empeorar la situación? Es positivo que así sea, ya que la palabra "pueblo", aun sin ser tan precisa como la noción de "clase trabajadora", ha tenido siempre a lo largo de la historia connotaciones jerárquicas muy claras, haciendo referencia siempre a los de abajo. Rajoy o Botín no son parte del pueblo, aunque sí son ciudadanos, ya que la ciudadanía es más que nada una noción administrativa, legalista... y poco respetuosa con los inmigrantes sin papeles, por cierto.

Pero, como ya nos conocemos de sobra, me adelantaré a lo que contestarán los "ciudadanistas". "Es que no se puede ser tan radical, así irá más gente a las manifestaciones", etc. Desgraciadamente, esta insensatez ha salido incluso de la boca de miembros del Frente Cívico creado por Anguita. Me sentiría mejor, con todo, si alguien me explicara qué fundamento empírico tiene tal presuposición.
La verdad es que una idea así sólo la puede albergar alguien que, por no salir nunca del reducido ambiente de la pequeña burguesía radicalizada en el que se mueve, cree que la palabra "pueblo" causa rechazo en la gente mientras que la categoría "ciudadana" le gusta.

Como siempre, la ignorancia es demasiado atrevida. La categoría de "ciudadanía" puede encontrarse fácilmente en autores tan "modernos" como Platón y Aristóteles. Es decir, que ya se usaba en el siglo IV a. C. En cambio, categorías como "clase obrera" tienen menos de dos siglos de antigüedad. Por lo tanto, alguien que habla de ciudadanía está 23 siglos más anticuado que alguien que habla de clase obrera.

Supongamos que planteamos prohibir los desahucios, cosa con la que yo naturalmente estaría de acuerdo. Si bajo el capitalismo se hiciera tal cosa, ¿qué propietario iba a alquilar una casa, sabiendo que los inquilinos no tienen la obligación de pagar? La única solución sería la expropiación forzosa. Si insistimos en la propiedad es porque es la clave, no por sectarismo. Sectaria es la obsesión por parte de los ciudadanistas de que no se toque la propiedad.

En última instancia, el ciudadanista niega la existencia de ideologías (algunas de las cuales, aun siendo justas, pueden estar dominadas y minorizadas) e intenta convencernos de que es la ciudadanía en sí misma, con su derecho formal a la participación, la que nos hace ser libres. Nosotros, que no somos eclécticos ni queremos serlo, defendemos la liberación no sólo formal, sino esencial, de una parte de la población que se encuentra oprimida y cuya explotación es perfectamente legal. Por lo tanto, aspiramos a que las ideas que defienden dicha liberación se extiendan y ganen hegemonía hasta condicionar el discurso político de toda la sociedad.

En realidad, el concepto de "ciudadanía" no ha sido históricamente emancipador. En las democracias griega y romana la ciudadanía se otorgaba como un privilegio y para contar con mas reclutas para los ejercitos y conquistar nuevos territorios.

Hoy día, el concepto de "ciudadano" funciona porque está limpio de resonancias hacia la desigualdad de clase que padecemos. Por eso, a fin de desactivar el conflicto, las instancias oficiales emplean este término. El ciudadanismo es, pues, la ideología que el poder establecido usa para mantener el orden público, para intentar que nos "autocontrolemos" nosotros mismos, que seamos nuestra propia policía interior. Pero salvo el poder, todo es ilusión.

La "cosa ciudadana" no puede aportarle nada a los explotados en su lucha por la libertad, salvo confundir aún más los actores políticos, los aliados y los objetivos. Máxime si su propósito es conformar una "candidatura electoral ciudadana" de programa ambiguo, confuso y que deja totalmente intacta la estructura del poder económico. Porque, parafraseando a Guevara, no se puede confiar en el ciudadanismo, pero ni tantito así, nada.

Estractos del artículo 16/3/2013
Manuel Navarrete
lahaine.org