Follow by Email

5 jun. 2016

Algunas razones para no leer

Lectores en la Feria del Libro de Madrid.  EFE
Lectores en la Feria del Libro de Madrid. EFE

Hoy aquí, contraviniendo todas las previsiones y ejerciendo de enanita saltarina, mosca cojonera, duendecillo maligno, demonia o Ángela caída, voy a intentar daros algunas razones fundadas para NO leer. Habéis escuchado bien para NO, NO, NO leer. Voy a colocarme al otro lado de ese espejo donde si uno se refleja de noche, alumbrado por una vela, se tropieza con un fantasma. Voy a subir al desván para mostraros el auténtico rostro del angelical Dorian Grey: su cara reconcomida por gusanos y devastadoras arrugas. Ahí va el listado razones por las que, como diría Amy Winehouse, NO, NO, NO debéis leer:

Si lees, corres el riesgo de que de pronto muchos de los seres humanos que te rodean empiecen a convertirse en animalillos. Salvajes o domésticos. Puede que, al darse la vuelta, tu vecina del segundo te enseñe el rabito de rata que le sale entre la botonadura de su vestido. Poco a poco notarás que se le han afilado las orejas y en la piel de las manos le ha nacido una capilla de pelusa. Tu vecina seguiría siendo una mujer normal si tú no hubieses leído La celestina o Las alegres comadres de Windsor.

Si lees, dejarás de tener tiempo para ver la televisión y cabe la posibilidad de que los gritos de los tertulianos —tertulianos de la casquería o tertulianos políticos, tertulianos que hablan de deportes— empiecen a resultarte incomprensibles, como si hablaran en una lengua que desconoces y que no tienes ninguna gana de aprender. Ahora hablas en otro idioma porque has leído La soledad del corredor de fondo de Sillitoe, La hoguera de las vanidades de Tom Wolfe o Miss Lonelyhearts de Nathanael West.

Si lees, cabe la posibilidad de que te despistes a menudo y se te dibuje en la boca una sonrisilla que muchos pueden calificar de tonta. Algunos pensarán que has esnifado pegamento o bebido más de la cuenta. Lo cierto es que leer no es más barato que consumir ciertas drogas y que también genera adicción. Cuidado. Te darás cuenta de ello cuando leas Los paraísos perdidos de Baudelaire, La pipa de Kif de Valle-Inclán o Yonqui de William Burroughs.

Si lees, quizá todo el mundo piense que eres un empollón, que te crees superior a los demás. Puede que te segreguen y te aparten. Que no te consideren una persona normal, que te llamen friki. Posiblemente tendrán razón. Pero también son frikis los klingon, los coleccionistas de Barbies, los seguidores de Mujeres, hombres y viceversa, los eurofans... Bienvenidos al club del licenciado Vidriera o a la compulsión de Madame Bovary por la lectura de novelas románticas.

 Si lees, cuando escuches los telediarios puedes llegar a saber hasta qué punto te engañan. Todas las noticias y ciertas actitudes se te pueden clavar en la niña de los ojos como una esquirla de cristal. Eso te hará sentir casi enfermo. Como Heinrich Böll cuando escribió El honor perdido de Katharina Blum o Evelyn Waugh se rio del mundo del periodismo en ¡Noticia bomba!.

Si lees, verás que muchos emperadores van desnudos y puede que incluso te atrevas a decirlo. No solo los niños y los borrachos dicen la verdad, pero ya sabes que a veces decir la verdad no sale a cuenta. Incluso puede llegar a ser una acción contraproducente.

Si lees, llorarás a menudo: de tristeza o de felicidad. Notarás cómo la sangre te corre por las venas y puede que enfermes del mal de la hipocondría como aquel enfermo imaginario de Molière. Certificarás que no eres de madera ni de trapo, paja u hojalata como el muñeco del mago de Oz que anduvo, junto a Dorothy, por el camino de baldosas amarillas, para conseguir un corazón.

Si lees, tendrás que tomar muchas decisiones difíciles, verás las aristas de las cosas, aprenderás a ponerte en el lugar del otro y a veces tendrás la sensación de que las buenas palabras –el amor, la protección, la familia— esconden significados dañinos. Como en La piedad peligrosa de Stefan Zweig y en todas esas novelas donde las madres o los padres devoran a sus propios hijos. Estar expuesto a tanta lucidez de golpe duele más que un pinchazo de reúma en la articulación.

Si lees, querrás comprarte muchos diccionarios, usar todas las bibliotecas. Y entenderás que nos roban las palabras. Y leerás doscientas veces, como si estuvieses castigado, La biblioteca de Babel o El nombre de la rosa. 

Si lees, tendrás visiones de molinos que son gigantes e inmediatamente los gigantes volverán a ser molinos y te sentirás muy listo y muy tonto al mismo tiempo. Más exclusivamente tú que nunca y al mismo tiempo más conectado con tu comunidad y con tu mundo.

Si lees, te transformarás en el lobo de Caperucita y tendrás los ojos muy grandes para verlo todo más y mejor. Luego el cazador te arrojará al río con la barriga llena de piedras porque no conviene ver más de la cuenta ni mirar lo que pasa en los cuartos cerrados. Todos los lectores son mirones que observan a través de un agujerito. Y alguien los castigará por esa curiosidad que perdió al gato y a la mujer de Barba Azul.

Si lees, siempre saldrás a la calle sin gafas de sol, de modo que los rayos ultravioletas podrán herir tus pupilas, pero al mismo tiempo no te perderás ni uno solo de los colores de la realidad: el color azul del cielo y el de la basura. La vida huele muy bien, pero también huele muy mal. La literatura invita a la hiperestesia como al protagonista de La caída de la casa Usher de Edgar Allan Poe.

Si lees, puede que pases muchos ratos en silencio, pero cuando encuentres un interlocutor, ése sabrá escucharte y compartir contigo los momentos más reveladores de tu vida. También puede que, al mirarte al espejo, no te encuentres. No te asustes ni te creas un personaje de los relatos de fantasmas de Edith Wharton. 

Si lees, vivirás otras vidas que de un modo irremediable empezarán a formar parte de tu propia existencia. Se te quedarán ahí dentro del estómago y en el intestino delgado. Allí habitan sin que tú te des cuenta de ello: Anna Karenina, Peter Pan, Zalacaín, el Lazarillo, John Silver el largo, Holden Caulfield, el Pijoaparte, Sam Spade y todas las mujeres fatales, el conejo blanco de Alicia en el país de las maravillas, el comisario Montalbano y David Copperfield. 

Si lees es posible que engordes. Vuelve a pensar en la cantidad de gente que guardas en la barriga como la ballena de Jonás o el bolsillo del mudito de los Hermanos Marx. A esa circunstancia has de sumarle el hecho de que la lectura a veces hace que el deporte nos dé mucha más pereza y la separación de nuestro sillón preferido puede ser un trauma. Una aberración.

Si lees, a menudo encontrarás muchas razones para tirar una piedra y te preguntarás por qué manda el que manda. Te harás preguntas sobre el precio de las cosas y sobre quién es el jefe de todo esto. Ten cuidado, si lees, si piensas, puedes acabar en la cárcel. Como El extranjero de Camus. Como los incinerados personajes de Fahrenheit 451 de Ray Bradbury. Como Las brujas de Salem. Y todas las mujeres que fueron estigmatizadas a causa de su ansía de conocimiento: Eva, Medea, Carmen, la marquesa de Merteuil…

Si lees, separarás mejor el grano de la paja. Y esa separación a menudo puede provocarte un disgusto. Como el hijo pródigo, encontrarás con más facilidad el camino de vuelta a casa. El problema será que ya no sabrás si de verdad quieres volver.

Si lees, ya nunca podrás leer un libro sin acordarte de todos los demás. Porque leer es haber leído y es muy posible que empieces a sospechar que ni la pureza ni la inocencia existen verdaderamente. Te darás cuenta de que dentro de Lolita están las hadas y las ninfas y las traviesas libélulas con rostro femenino. También todas las mujeres que se abandonan y se ponen gordas de tanto comer bombones y cortezas de cerdo.

Si lees, te dará una rabia inmensa haber consumido ya casi todas tus primeras veces: la primera vez que leíste Niebla, Miau, Poeta en Nueva York; la primera vez que leíste una tragedia de Shakespeare, un cuento de Chéjov, los versos cárnicos de Anne Sexton, El bello verano de Cesare Pavese… Esa primera vez, esa primera experiencia, esa sensorialidad, esa explosión, ese descubrimiento, esa epifanía ya no se volverán a repetir…

Si lees, puede que pierdas el gusto por las hamburguesas y por pasar la tarde en un centro comercial o tomando un café en una franquicia de expresos y wifi.

Si lees, querrás tocar a las personas, ver a la gente de cerca, mirar a los ojos, recuperar el espacio de la fisicidad, saber cómo suena una voz, romper los espejos virtuales. Te transformarás en un ser terriblemente táctil, casi sexual, y no se te caerán de las manos los textos de Sade o de Bataille.

Si lees, te harás más lento. Necesitarás de una medida del tiempo más demorada. Elogiarás la lentitud y la gente pensará que eres un anfibio que ha aprendido a caminar por debajo del agua cuando paladees, sílaba a sílaba, cuando leas en voz alta, profundices en el sentido de cada una de las frases de Cien años de soledad o de Pedro Páramo. Sin prisas. Disfrutando el presente y del pasado. Del inframundo.

Si lees, verás los tomates de todos los calcetines. El reverso de las cosas. Lo que guardamos en los cuartos oscuros. Te insultarán llamándote “Aguafiestas, pejiguero”. Esto le pasaba mucho al gran Rafael Chirbes.

Si lees, generarás una mirada de rayos X que te permitirá detectar las enfermedades morales de las personas de tu entorno. Sufrirás porque te darás cuenta de que a menudo no puedes curarlas. Entonces deberás hacer lo mismo que Blimunda, la protagonista del Memorial del convento de José Saramago: comerás miga de pan antes de abrir los ojos cada mañana para no ver el lado oscuro de cada ser humano. Sus tumoraciones.

Si lees, te darás cuenta de que la libertad pasa por la conciencia de sus límites. Y comprarás un cuchillo para romper las cuerdas. Sudarás mucho mientras estés cortando las ataduras.

Decide si quieres leer. No es una decisión fácil ni cómoda. Es una decisión subversiva. Es una decisión que a la vez nos alivia y nos hace daño. Lee porque, entre los artefactos y maquinaciones de la literatura, es posible que encuentres ciertas verdades y a ti mismo. A ti misma. Aunque puede no gustarte lo que veas. Sé valiente, lee. Hazlo, no por contentar a nadie ni por razones estúpidas, ramplonas, hazlo por agrandar tu vanidad o por un egoísmo que paradójicamente hará de ti un ser muy generoso. Lee por lo que de verdad merece la pena de la literatura: salir transformado de cada buen libro. Como la mariposa surge de la crisálida o como Gregorio Samsa reducido a cucaracha, escarabajo o bicho bola. Atrévete. No es fácil. No siempre compensa. Pero cuando compensa ya no hay vuelta atrás. Ésa es la gracia y el peligro de los libros.

*Marta Sanz es escritora. Este texto fue leído en la Feria del Libro de Fuerteventura.
03/06/2016
Fuente

No hay comentarios :