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7 abr. 2013

Le puede pasar a cualquiera

Ignacio Escolar.


¿Quién no ha tenido un amigo narcotraficante con el que se iba de juerga en su yate? ¿Quién no ha heredado una fortuna en Suiza y se ha olvidado de declararla? ¿A quién no le ha pasado que aparezca un Jaguar gratis en el garaje, o que un deconocido generoso –apodado don Vito– le regale bolsos, joyas, fiestas y viajes?
¿Quién no ha recibido del partido abultados sobres con efectivo, o donativos anónimos de constructores filántropos, o ambas cosas al mismo tiempo? ¿A quién no le han despedido alguna vez de forma simulada, fraccionada y en diferido? ¿De verdad nunca os han pagado un cuarto de millón de euros al año por no hacer nada de nada, salvo estar callado?
¿Quién no se ha metido por la nariz el dinero de los parados andaluces? ¿De verdad nunca os habéis inventado una escritora imaginaria para cobrar artículos de una fundación a cojón de pato? ¿Quién no ha se ha llevado crudas varias dietas por duplicado en una mañana de reuniones en la caja? ¿Quién no ha acumulado tres salarios públicos en un mismo año? ¿Quién no se ha subido el sueldo en plena crisis?
¿Quién no llama directamente al Poder Judicial cuando tiene un problemilla en un juzgado? ¿Quién no se salta las normas alguna vez para hacer un favorcillo a los amigos? ¿Qué familia no tiene un yerno un poco crápula que roba unos míseros millones de euros a las administraciones públicas? ¿A quién no le han indultado alguna vez por delitos de torturas, o de cohecho, o de homicidio imprudente, o de alzamiento de bienes, o de prevaricación, o de narcotráfico? ¿Quién no tiene el dinero en un paraíso fiscal o ha recurrido a la amnistía para blanquear unos ahorrillos?

Si es que os escandalizáis por nada.





01/04/2013


1 comentario :

Galileo pecador. dijo...

Lo siento, perdóname, no volverá a pasar.


Si hay pocas evidencias materiales, lo primero que tienes que hacer es negarlo todo. Qué más da que el hecho haya sucedido delante de sus narices.


Lucía Lijtmaer


10/04/2013 - 20:39h







Imaginemos que tu pareja te pilla infraganti en la cama con otro/a. Después del shock inicial, respira hondo. Mira a tu alrededor. ¿Qué datos fehacientes hay además de que estés en la cama sin ropa, practicando un acto sexual más o menos depravado con alguien que no es tu media costilla? Compruébalo.

Si hay pocas evidencias materiales, lo primero que tienes que hacer es negarlo todo. Qué más da que el hecho haya sucedido delante de sus narices. Niégalo. No ha pasado. No es así. De hecho, te ofende que piense lo contrario. ¿Cómo se atreve? Declárate víctima. Considérate el blanco de una conspiración para destruir vuestra relación, vuestra confianza mútua. Culpa a terceros no presentes, a vuestros hijos, a vuestros enemigos, a cualquiera que haya pasado cerca de esa habitación en los últimos tiempos que pueda ser susceptible de ser culpado.

Ah, ¿que hay pruebas? ¿Recibos, mensajes en el teléfono móvil, correos electrónicos comprometedores, fotos explícitas y gráficas del acto sexual que tu pareja acaba de presenciar? Nueva táctica: reconoce alguna tontería, alguna cosita. Bueno, sí, nos tocamos un poco pero en realidad no pasó nada. Nada serio, al menos. Fue un despiste, un desliz propio del momento, una tontería. Evita las palabras “sexo”, “follar”, “polvo” y todos sus sinónimos. Tu nueva táctica es minimizar el daño y tu castigo. Debería funcionar, aunque puede que se acabe convirtiendo, precisamente, en lo que te delate: justificarte puede ser el principio del fin.

Si eso no para el golpe y tanto él/ella como vuestro entorno empiezan a desarmar tus argumentos, uno a uno, no te queda otra que pedir perdón. Lo siento. Perdóname. No volverá a pasar. Te lo juro. No sé como pudo suceder. Cambiaré. Lo haré bien. Y, sobretodo: no me culpes, porque no tienes ningún derecho.

Imaginemos ahora que no eres tú, sino un amigo el que te cuenta que su pareja le ha hecho todo esto, en ese orden: acto, pruebas, negación del acto, victimización, culpabilización a terceros, minimización del hecho y del daño y, finalmente posterior reconocimiento del acto, sin disposición a asumir ninguna de las consecuencias. Resulta increíble, ¿verdad? Nadie permite algo así.

Nadie permite algo así, repito.

Este burdo ejercicio acaba con lo obvio: sustituye de tu historia tu falta o la de la pareja de tu amigo por la de un escándalo político que ocupa las portadas. Cualquiera, el que sea. Y ahora, pregúntate: ¿quién, con las pruebas en la mano, con la cama aún caliente, aguanta que se le haga callar con las frases “se elaborará un informe pertinente”, se “irá hasta el final de los hechos” o “se exigirán responsabilidades penales” sin que haya consecuencias políticas inmediatas? Y empieza a conjugar: Yo. Tú. Él. Nosotros.