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25 sept. 2014

La cuestión catalana

"Durante el primer tercio del pasado siglo los medios de comunicación escrita –que eran los únicos- denominaron cuestión catalana a las luchas obreras que tuvieron como escenario principal a Barcelona y su cinturón industrial. Pese a que Prat de la Riba había elaborado ya sus Bases de Manresa y Valentí Almirall escrito Lo catalanisme al calor de la Renaissance, ese no era el problema que por entonces preocupaba a la “buena gente” de la oligarquía y la alta burguesía catalana, sino el espectacular desarrollo del movimiento obrero que alcanzaría su cénit con la huelga de La Canadiense en 1919, huelga que terminaría convertida en general y que concluyó con la victoria de los trabajadores, la readmisión de todos los despedidos, la liberación de centenares de presos y, sobre todo, la implantación de la jornada de ocho horas en todo el Estado por primera vez en la historia de Europa: Era la Cataluña vital que ante la dejadez de los poderes públicos creaba escuelas modernas, centros de acogida para mujeres explotadas, sociedades de auxilio mutuo, cajas de resistencia, bibliotecas y no estaba dispuesta a dejar que los dueños del dinero y la explotación impusiesen su ley, costase lo que costase. Intransigente y feroz, la burguesía catalana prefirió entregarse en manos de la monarquía y los militares africanistas para que utilizando todos los medios acabasen con ese movimiento que amenazaba con trasladarse a todo el Estado y acabar con los privilegios seculares detentados por los poderosos de todas las especies. Aunque por aquellos años Cataluña contaba con uno de los movimientos obreros más pujantes y dinámicos del continente terminó chocando, quizá por errores estratégicos, con una plutocracia –la catalana y la castellana- compuesta por adinerados, religiosos, militares y torturadores dispuestos a que las cosas siguiesen siendo como Dios manda a tiro limpio ley de fugas en mano. Milans del Bosch, Anido y Arlegui, Primo de Rivera y Franco fueron los brazos ejecutores de la burguesía más canalla que ha conocido nuestro país, un país al que para someterlo no dudaron en incendiar y destruir durante tres años de guerra fascista y más de cuarenta de dictadura sangrienta y ominosa.

La tiranía franquista fue tan demoledora que todavía hoy seguimos sufriendo los efectos letales de su herencia y casi nada es lo que parece ni lo que debería ser, suplantadas ideas y proyectos generosos por otros ajenos a la búsqueda de la felicidad del común. Helder, maldito Herder, filósofo alemán de medio pelo radicalmente opuesto a la Razón y a las ideas liberadoras que partían de la Ilustración, habló del Volksgeist, o espíritu de los pueblos. Según él cada pueblo tenía un carácter y era completamente distinto a los demás, afirmación que cae por su peso a poco que analicemos con un poco de seriedad el intinerario histórico de cualquier país, desde España a los Estados Unidos del Norte de América y comprobemos fehacientemente las veces que han dicho diego donde dijeron digo. Sin embargo, al contrario que las ideas de Voltaire, Kant, Rousseau, Engels o Jaurès, las de Helder, muy inspiradas en la tradición literaria medieval, siguen muy vivas y continúan marcando, hoy más que ayer, nuestro presente y futuro.

Un pueblo, un territorio, una lengua y la voluntad de serlo: Indudablemente Cataluña es una nación, una nación a la que amamos y queremos con todo nuestro ser personas que no vivimos allí, y a la que odian de manera cerval los mismos que niegan a las mujeres el derecho a decidir sobre su maternidad, los mismos que pretenden que los trabajadores acudan a su trabajo por un plato de escudella, los mismos que se dan golpes de pecho ante un crucificado y pisotean a quien tienen, o creen tener, un poco más abajo, los mismos que fabrican bombas racimo, que privatizan derechos que creíamos para siempre, que dirigen a policías como si estuviesen en una dictadura, los mismos que sólo ven verdad en el privilegio, en el egoísmo y en la negación de todo lo que pueda perturbar, siquiera mínimamente, su trágica manera de ser y de pensar a costa de los demás, los mismos que se emocionan ante un desfile militar o al ver pasar su magnífica bandera.

Sí, todo esto empezó cuando los que hoy poseen el Gobierno central y se llenan la boca con la palabra España –su España- decidieron recurrir el nuevo Estatuto de Cataluña aprobado por el pueblo catalán sin demasiado entusiasmo porque estaba en otras cosas. Empero, el entusiasmo ausente entonces, se tornó en respuesta contundente de la ciudadanía cuando el alto tribunal decidió secarlo, vaciarlo de contenido en sus partes más sensibles: Cataluña, que es una nación, no podía serlo porque así lo habían decidido las gentes del pasado, tenía que ser, por tanto, lo que no quería ser. Desde entonces, una política demencial perpetrada por quienes desde La Moncloa sólo saben de ordeno y mando, de sagradas escrituras y de por mis cojones que no, ha posibilitado la reacción mayoritaria de un pueblo harto de casi todo.

No me cabe ninguna duda de que los catalanes tienen derecho a decidir y que decidirán más bien pronto que tarde porque no encuentran otra salida ante las humillaciones que vienen sufriendo desde aquella vergonzosa campaña de boicot a los productos de aquel país promovida por la ultraderecha en el poder y sus aledaños. Es posible que decidan separarse de España, dejándonos huérfanos a quienes confiamos en ellos como principal motor de progreso. Para algunos, entre los que me cuento, será un día triste como todos los días en los que se pierde a un ser querido o se ve aparecer una nueva frontera, pero pienso que también lo será para muchos catalanes antifascistas y anticapitalistas, porque lo que no les estará dado decidir será liberarse del Fondo Monetario Internacional, de la Comisión Europea o el Banco Central, porque los bancos seguirán estrujando a los de abajo como es su vocación, porque la deuda continuará asfixiando a los que menos tienen y más trabajan, porque la privatización de la Educación y la Sanidad llevada a cabo por el nacionalismo en el poder, es un hecho consumado, porque la exclusión seguirá en cada acera, porque Cataluña continuará siendo una economía dependiente en buena medida del turismo y de las grandes transnacionales, porque los ladrones fiscales abundan allí tanto como las setas en otoño, porque el espíritu de Salvador Seguí, Buenaventura Durruti, Ferrer i Guardia, Pi y Margall, Federica Montseny, Fabra Rivas, Luis de Zulueta, Joaquín Xirau,  Marcelino Domingo o Amadeo Hurtado, también allí reposa en el desván polvoriento donde se guarda todo aquello que ha dejado de sernos útil o ignoramos y al que sólo suben, de vez en cuando, quienes de verdad buscan el saber y la justicia".

por Pedro Luis Angosto 
nuevatribuna.es | 23 Septiembre 2014

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